
Por: Orlando Pimentel.–
Este tema me impactó profundamente al escucharlo en el programa “Semillas de Fe”, conducido por la evangelista Nelly Tavarez, transmitido de lunes a viernes a las 9:30 de la noche por Oasis de Crecimiento a través de https://cdn.instream.audio/public/9692. Allí, con la claridad que da la Palabra y la sabiduría que dan los años de servicio, Nelly abordó una verdad que muchos preferirían ignorar: el poder destructivo de una lengua mal usada.
“La lengua chismosa” —así tituló su reflexión basada en Proverbios 18:8— nos muestra cómo las palabras del chismoso son como bocados suaves, fáciles de consumir, pero que penetran hasta las entrañas. Y no se equivoca. El chisme es tan seductor como dañino, tan aceptado como peligroso.
En una época donde todo se comenta y se comparte, donde las redes sociales han normalizado la intromisión y el morbo, hablar de este tema no es solo relevante: es urgente.
La evangelista nos invita a reflexionar: ¿Qué gana usted al hablar mal de otro? ¿Se siente más importante? ¿Busca llamar la atención? ¿Cree que eso fortalece la camaradería? O quizás, ¿es su forma de lidiar con su propio aburrimiento y vacío?
Quienes viven con propósito, quienes están enfocados en metas y sueños, simplemente no tienen tiempo para perderlo en los asuntos ajenos. El chisme y la murmuración son pasatiempos de almas desenfocadas. Y lo más grave: cuando chismeamos, sentimos que fallamos en integridad, y eso disminuye nuestro valor ante Dios… y ante nosotros mismos.
Nelly propone una campaña clara: establezca zonas libres de chismes en su vida. En su casa, trabajo, iglesia, en cada lugar donde usted se mueva. Y si tiene que hacerlo visible, ¡hágalo! Un simple gesto como tocarse la lengua y decir “lengua rápida” puede bastar para advertir: aquí no se permite el veneno disfrazado de charla casual.
Pero además del chisme, está la lengua intrusa, esa que se mete en lo que no le importa. En 2 Tesalonicenses 3:11 se nos advierte contra aquellos que viven desordenadamente, sin trabajar, “entremetiéndose en lo ajeno”. En palabras sencillas: el que no está ocupado en lo suyo, termina ocupándose en lo de otros.
Y muchas veces creemos que tenemos el derecho a inmiscuirnos solo porque tenemos buenas intenciones. Pero como dice Proverbios 26:17, “el que se deja llevar por la ira en pleito ajeno, es como el que agarra a un perro por las orejas”. Y cuando uno agarra un perro por las orejas, puede terminar mordido.
La moraleja es clara: aunque creas tener la razón, camina suave. Ora antes de intervenir. Y recuerda: ni siquiera los padres con hijos adultos tienen derecho a controlar sus decisiones. A veces, el mejor consejo es el silencio y el espacio.
Conclusión: La lengua, cuando no se disciplina, se convierte en un arma. Y el chisme, aunque común, es pecado. Lo dice 1 Pedro 4:15: “ninguno padezca como homicida, ladrón, malhechor o por entremeterse en lo ajeno”. Así de grave es.
Si de verdad amamos a Dios, si de verdad queremos vivir una vida de valor, debemos cuidar lo que decimos, cómo lo decimos y por qué lo decimos. Porque, como afirma el Salmo 19:14: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía y redentor mío”.
Y si alguna vez olvida este mensaje, solo toque su lengua y diga con firmeza: lengua rápida.