
Por Orlando Pimentel
Dicen que las palabras se las lleva el viento, pero la realidad es otra: las palabras dejan huella, marcan destinos y muchas veces hieren más que cualquier golpe. La lengua, ese pequeño músculo que Dios nos dio, tiene el poder de edificar o destruir, de sanar o dividir. ¿Cómo la estamos usando?
Escuchando la prédica de Nelly Tavarez en su programa Semillas de Fe, dentro del grupo de oración Sanidad para el Alma, donde me agregó mi querida amiga Betania Alcántara, me confronté con una verdad incómoda: demasiadas veces hablamos sin pensar. Respondemos antes de tiempo, interrumpimos, advertimos sobre alguien con segundas intenciones, discutimos por ganar y no por entender. Y lo peor, muchas veces justificamos nuestras palabras sin medir las consecuencias.
¿Por qué hablamos lo que hablamos?
Tavares menciona un punto clave: antes de advertir a alguien sobre otra persona, debemos preguntarnos cuál es nuestra verdadera intención. ¿Lo hacemos para proteger a alguien, o simplemente queremos quedar bien nosotros? ¿Queremos alertar sobre un problema real o estamos disfrazando nuestros propios sentimientos de preocupación?
Sea cual sea la razón, el resultado es el mismo: las relaciones se dañan y Dios se desagrada. La lengua no solo comunica, también manipula, destruye y divide cuando no se usa con sabiduría.
La contienda no es el camino
La Biblia nos advierte sobre el peligro de una lengua contenciosa. Proverbios dice claramente: “Honra es del hombre dejar la contienda” (Proverbios 20:3). Y es que muchas personas no discuten por buscar la verdad, sino por sentirse superiores.
Vivimos en una sociedad donde el debate se ha convertido en pelea, donde la opinión diferente se toma como un ataque personal. Algunos necesitan desacreditar a otros para sentirse validados. Pero, ¿de qué sirve ganar una discusión si se pierde la paz?
Jesús mismo enseñó: «Ponte de acuerdo con tu adversario pronto» (Mateo 5:25). No todo vale la pena discutirlo. No toda batalla merece pelearse. Hay sabiduría en saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.
Nuestra lengua, ¿construye o destruye?
Si somos sinceros, todos hemos fallado en esto alguna vez. Hemos mentido, manipulado, hablado de más. ¿Cuántas veces una palabra fuera de lugar ha roto una relación, ha sembrado dudas, ha creado divisiones?
Lo que decimos tiene peso. Una palabra mal dicha puede destruir la confianza de años. Pero una palabra sabia, dicha en el momento oportuno, puede levantar a alguien del suelo. Dios nos dio lengua de sabios para hablar palabras de vida, no de muerte.
Ser agentes de paz
No basta con evitar el conflicto; tenemos que convertirnos en agentes activos de la paz. No es suficiente con callar cuando se nos provoca, debemos hablar cuando sea necesario para restaurar, para sanar, para unir.
Nuestra meta no es simplemente «no discutir», sino usar nuestra lengua para traer reconciliación, para acercar en lugar de alejar, para sanar en lugar de herir. Como dice Tabares, nuestras palabras deben dar descanso y esperanza, no ansiedad y dolor.
Un compromiso personal
Hoy me hago esta pregunta, y te invito a hacértela también: ¿Estoy usando mi lengua para construir o para destruir?
Si hemos fallado, aún estamos a tiempo de cambiar. A tiempo de frenar nuestras palabras antes de que hieran. A tiempo de usar nuestra voz para bendecir y no maldecir.
Que Dios nos ayude a hablar con amor, a escuchar con paciencia y a ser luz con cada palabra que pronunciemos. Porque lo que decimos no se lo lleva el viento… queda en el alma de quien lo escucha.